El alimento más adecuado para el recién nacido, por la concentración de elementos nutritivos, la fácil disponibilidad, la temperatura, así como por su valor agregado correspondiente a sus propiedades inmunológicas, es la leche materna.
Durante el amamantamiento se establece una estrecha interacción entre la mamá y su hijo que permite que la madre sea fuente de amor y alimentación para el recién nacido, desarrollando vínculos afectivos que favorecen el desarrollo neurosensorial además de una óptima nutrición.
La taurina es un aminoácido que no se puede sintetizar artificialmente y tiene especial efecto sobre el desarrollo del sistema nervioso.
Para lograr una buena lactancia natural es fundamental querer amamantar y tener confianza en la capacidad que se tiene para realizarlo.
Las mamás que optan por la alimentación artificial o que tienen algún impedimento para establecer el amamantamiento pueden adoptar una posición similar a la de lactancia para establecer la cercanía física con el niño y mantener la distancia adecuada para el enfoque visual, permitiendo una adecuada comunicación con su hijo.
La comodidad de la madre durante el amamantamiento es clave, pudiendo adoptar diferentes posiciones, ya sea acostada de lado, sentada en la cama o en la silla, tratando de contener el peso del niño sobre un almohadón apoyado en las piernas o directamente apoyado en la cama. En la medida en que viva la experiencia será más fácil identificar la forma más adecuada para cada mamá y para su hijo.
El cuerpo del niño habitualmente se apoya en el brazo del lado en que va a mamar, de modo que su cabeza quede en el pliegue del codo y la mano de la madre afirme en la región glútea.
La boca del niño debe quedar frente al pezón y aréola del pecho materno, a la altura adecuada, de tal manera que no tenga que girar, extender o flectar demasiado el cuello para poder tomarlo. La boca del niño va al pecho de la madre, no el pecho a la boca del niño.
El pecho se toma con la mano opuesta en forma de C, por detrás de la aréola, el pulgar por arriba y los otros dedos por debajo del pecho; estimular con el pezón el labio inferior del niño, para que abra la boca y en ese momento se acerca la cabeza del niño hacia el pecho teniendo especial cuidado en que el pezón y la aréola entren en la boca y que al momento de recibirlos la lengua esté en el piso inferior de ésta.
La punta de la nariz y el mentón pueden quedar en contacto con el pecho materno sin interferir con la respiración del niño.
La leche al inicio es más rica en lactosa y agua y la del final más concentrada y rica en grasa.
El tiempo de mamada depende de la relación de alimentación que se establezca entre cada hijo y su mamá, pero en consideración al cambio en la composición desde el inicio hasta el final, es aconsejable que dure al menos, 15 minutos, porque el aporte de grasa ocurre a partir de los 7 minutos de succión.
Durante las primeras semanas mientras se produce el equilibrio entre la producción láctea y la demanda del recién nacido, la necesidad de succión es habitualmente cada 2-3 horas.
Es recomendable alternar el pecho de inicio de succión.
Para sacar al niño del pecho, conviene romper el vacío succional de la boca, separando los labios con el dedo meñique introducido a través de la comisura y entre las encías, y en este instante retirar el pezón rápidamente para evitar que se dañe.
La frecuencia de alimentación es graduada por la necesidad del niño de recibir alimento e hidratación.
Es recomendable la mamada nocturna ya que durante la noche se produce mayor secreción de prolactina, hormona responsable de la producción láctea.
La permanencia de la leche por más de 4 horas inhibe la síntesis de leche, situación que de ser mantenida puede llevar al cese de la producción láctea.
No es necesario vaciar por completo ambos pechos en cada mamada, sino más bien, en forma alternada en cada toma al menos depletar al máximo uno de ellos.
Durante el embarazo:
Durante el período de lactancia: